¡Qué mal padre!

El matemático suizo Johann Bernouilli (1667-1748) se apropió de unas ecuaciones desarrolladas íntegramente por su hijo Daniel, pionero de la hidrodinámica y de la teoría cinética de los gases. Para más inri, fechó la publicación de forma que su vástago pareciera el plagiador.

Ni belleza ni peligro

Tales de Mileto, el astrónomo que predijo el eclipse del Sol del 28 de mayo del año 585 a. de C., era un despistado mayúsculo. En su diálogo Teeto, Platón narra una anécdota que le ocurrió a Mileto: “Se dice que una aguda y preciosa esclava tracia se burló de Tales, pues, al estar observando las estrellas y mirando hacia arriba, se cayó en un pozo; ávido por observar los cielos, no se apercibía de lo que estaba detrás ni lo que tenía delante de sus pies”.

 

Torpeza a dos manos

Los amigos de Jules Henri Poincaré (1854-1912)  destacaban de este matemático fracés su particular torpeza para dibujar el esqema más sencillo. De ahí que le llamaran ambidextro, ya que “podía dibujar igual de mal con la mano derecha que con la izquierda”.

 

Charlot y el físico

Se cuenta que en una reunión social Einstein coincidió con el actor Charles Chaplin. En el transcurso de la conversación, Einstein elogió a Charlot del siguiente modo:

- Lo que he admirado siempre de usted es que su arte es universal; todo el mundo le comprende y le admira.

A lo que Chaplin replicó:

- Lo suyo es mucho más digno de respeto; todo el mundo le admira y prácticamente nadie le comprende.

 

¡Vamos a la cama que hay que madrugar!

En cierta ocasión, el matrimonio Ampère dio una fiesta en casa. Cuando aún estaban en los preparativos, la esposa se acercó a su marido y le dijo: “Cámbiate la corbata y ponte la que hace juego con la camisa”. Ampère subió al dormitorio. Después de una hora, con la fiesta en su apogeo, aún no había bajado. La mujer, preocupada, se acercó al dormitorio para ver lo que pasaba. Al abrir la puerta se encontró con su esposo durmiendo plácidamente en la cama con el pijama puesto. El olvidadizo matemático se excusó argumentando que se quitó la corbata y, como tenía la cabeza en el análisis de la circulación de la corriente eléctrica, siguió desnudándose, se puso el pijama y se acostó sin más.

 

 

El hermanito roedor

El alquimista y químico flamenco Jan Baptista von Helmont (1579-1644 proclamaba que para obtener ratones bastaba con mezclar íntimamente una camiseta de mujer, a ser posible sudada y sucia, con trigo en un recipiente. De este modo, al cabo de un tiempo surgía una cría de roedor.

 

 

 

Para morirse de la risa

Poco después de que Joseph Priestley (1733-1804) descubriera en óxido nitroso, los científicos se percataron de que este gas no era tóxico, pero producía unos efectos insólitos cuando era inhalado: las personas se alteraban y se ponían a cantar, pelear y, sobre todo, reír. De ahí que fuera bautizado como gas hilarante. Éste se puso de moda en las fiestas a uno y otro lado del Atlántico. El azar tomó cartas en este asunto en 1844, durante un espectáculo con óxido nitroso que organizaba el profesor Gardner Colton (1814-1898) en Hartford (Conneticut). Casualmente, en la atracción se hallaba un joven llamado Samuel Cooley y su amigo Horacio Wells (1815-1848), un dentista. Colton pidió voluntarios par inhalar el gas. Cooley no se lo pensó dos veces. Después de aspirarlo, el joven se puso violento, provocó una pelea y cayó accidentalmente. El golpe lo calmó y se sentó tranquilamente junto a Wells. Al cabo de un rato, éste notó un charco de sangre bajo la silla de su amigo. Al seguir su rastro, se encontró con que venía de un corte profundo en la pierna de Cooley. El dentista pronto se percató del significado del suceso; poco después, llamó a un colega de profesión y le pidió que le extrajera una muela bajo los efectos del gas de la risa. La carrera hacia los anestésicos había dado el pistoletazo de salida.

 

 

 

El tercer hombre

En los años 30, un entrevistador comentó al astrónomo y físico Arthur Eddington (1882-1944) lo siguiente: “He oído que usted es una de las tres personas en el mundo que entiende la teoría de la relatividad general”. Al oír esto, Eddington puso cara de sorpresa. Cuando el entrevistador le preguntó la razón de su extrañeza, el físico inglés respondió “Estoy tratando de pensar quién puede ser la tercera persona”.

 

 

 

A buen entendedor...

Cuentan sus amigos que el matemático P.G. Lejeune Dirichlet (1805-1859) no era muy amigo de escribir cartas. Hizo una excepción cuando nació su primer hijo. Dirichlet mandó un telegrama a su suegro con el siguiente mensaje: 1+1=3.

 

 

 

Declaración en Morse

Debido a que Thomas Alva Edison (1847-1931) padecía sordera, enseñó el código Morse a su futura esposa Mary Stilwell (1855-1884) durante su noviazgo. Edison le propuso matrimonio dando en mensaje mediante golpecitos en su mano, y ella le respondió de la misma forma. El código telegráfico se convirtió en un sistema de comunicación habitual en la pareja, hasta el extremo de que, cuando asistían a una obra de teatro, Edison apoyaba su mano sobre la rodilla de Mary, para telegrafiarle los diálogos de los actores.

 

 

 

...tres, dos, uno, cero

La famosa cuenta atrás de los lanzamientos de cohetes espaciales no es una idea de los técnicos de la NASA. En realidad fue inventada por el cineasta alemán Fritz Lang (1890-1976) para su película Die Frau in MondLa mujer en la luna-, que se estrenó en 1928.

 

 

 

El amor tiene nombre

Mientras estudiaba los cálculos renales, Johann Friedrich Adolf von Baeyer (1835-1917) descubrió un ácido con propiedades sedantes e hipnóticas. El químico alemán llamó a esta sustancia barbitúrico, en honor de Bárbara, la novia que tenía en aquella época.

 

 

 

Transplantes de piel con rotulador

En 1973, el jefe de inmunología de transplantes del Instituto Sloan Kettering de Nueva York, William T. Summerlin, aseguró haber obtenido el injerto de piel sin rechazo en unos ratones. Pero la bueno nueva duró bien poco. Un ayudante de laboratorio limpió los animales con alcohol y observó perplejo que los trozos de piel injertados, de color negro, se borraban.

 

 

 

La leyenda del sabio y el rey

El sabio inventó el ajedrez. El rey se quedó encantado con el juego y ofreció al sabio una recompensa. “Lo único que quiero es trigo”. “¡Te doy todo el trigo que quieras!”, respondió el rey. El sabio pidió que le trajeran un tablero de ajedrez. “Quiero un grano de trigo por el primer cuadrado del tablero, dos granos por el segundo, cuatro granos por el tercero, ocho granos por el cuarto, y así sucesivamente.” El rey aceptó gustosamente, sin darse cuenta de que se había comprometido a entregar mucho más trigo del que había en todo su reino.

De hecho, se comprometió a entregar mucho más trigo del que hay sobre la Tierra. Para satisfacer su promesa con respecto al n-ésimo cuadrado del tablero, el rey tendría que darle al sabio 2n-1 granos de trigo. En particular, para satisfacer su promesa con respecto al último cuadrado del tablero, el rey necesitaría 263 (~9,2·1018) granos de trigo. Este número es enorme, mayor de hecho que el número de granos que produce nuestro planeta al año. Y el método del sabio genera rápidamente números mucho más grandes. Si el tablero hubiera contenido 266 cuadrados en vez de 64, el rey se habría comprometido a darle al sabio más gramos de trigo que átomos hay en el Universo (del orden de 1080, según algunas estimaciones).

 

 

 

 

Tengo una vacuna lechera

En 1796, el doctor Edward Jenner (1749-1823) vacunó a un niño de ocho años, James Phips, con la viruela humana: el niño quedó inmune. El médico inglés no descubrió la vacuna como resultado de un largo trabajo de laboratorio. Cuando tenía 19 años, una ordeñadora le comentó que jamás podría padecer la viruela porque había tenido la vaccinia o viruela de la vaca (cowpox, en inglés). También llegó a sus oídos que en 1744 un granjero inoculó a su esposa e hijos el pus de una pústula de la enfermedad bobina, utilizando una aguja. Tras graduarse como médico, Jenner se dedicar a los granjeros y ordeñadoras, lo que le permitió dar con la vacuna contra la viruela, la peste del siglo XVIII.

 

La envidia echa a volar

Al enterarse de que los hermanos Wilbur (1867-1912) y Orville Wright (1871-1948), mecánicos de bicicletas, habían logrado volar con motor en cuatro ocasiones el 17 de Diciembre de 1903, el famoso Graham Bell (1847-1922) y el físico Samuel Pierpont Langley (1834-1906) se murieron de la envidia. Langley intentó mostrar sin éxito que el primer aeroplano eficaz del mundo había sido inventado por él. Por su parte, Bell corrió a fabricar un artefacto con forma de estantería, de unos 15 metros de longitud de lado a lado, y dotado con una hélice y un motorcito. En 1922, Bell murió sin hacer que el gigante se elevara sobre su cabeza.

 

El origen del mundo

James Ussher (1591-1656), teólogo irlandés, dijo: “El mundo fue creado el 22 de Octubre del año 4004 a.C. a las seis en punto de la tarde”. Pero Ussher no fue el único que osó dar fecha al nacimiento de nuestro planeta. Por ejemplo, el astrónomo alemán Johannes Keppler (1571-1630) propuso la del 27 de Abril de 4977 a.C.; y su compatriota Hevelius (1611-1645) el 24 de Octubre de 3693 a.C.

 

 

 

Arrugas en el pantalón

En 1919, Einstein (1879-1955) fue invitado por el inglés lord Haldane a compartir una velada con diferentes personalidades. Entre éstas había un aristócrata muy interesado en los trabajos del físico. Tras una larga conversación, el inglés explicó a Einstein que había perdido recientemente a su mayordomo y que aún no había encontrado un sustituto. “La raya del pantalón la he tenido que hacer yo mismo, y el planchado me ha costado casi dos horas”. A lo que Einstein comentó: “Me lo va a decir a mí. ¿Ve usted estas arrugas de mi pantalón? Pues he tardado casi cinco años en conseguirlas”

 

¿Trabajas o piensas?

En cierta ocasión, llegó a oídos del físico neozelandés Ernest Rutherford (1871-1937) que uno de los estudiantes de su laboratorio era un trabajador incansable. Una tarde, Rutherford se dirigió al alumno aplicado y le preguntó:

- ¿También trabajas por las mañanas?

- Sí señor – respondió todo ilusionado.

- ¿Pero entonces cuándo piensas? – Espetó el profesor.

 

 

 

¡Que se sale de la bañera!

Hierón, rey de Siracusa, pidió a su pariente Arquímedes (287-212 a.C.) que averiguara si la corona que acababa de hacerle un orfebre era realmente de oro puro o tenía mezcla con plata, cobre u otro metal menos valioso. El matemático se dio cuenta de que la duda real podía resolverse si pudiese determinar el volumen de la corona. ¿Pero cómo podía llevar a cabo este cálculo? Mientras daba vueltas al asunto, el sabio de Siracusa fue a darse un baño. Absorto en la corona, no se fijó en que había llenado la bañera más de la cuenta y, al meterse en ella, parte del agua se salió. El griego no tardó en percatarse de que el volumen del agua sobrante era exactamente igual al ocupado por la parte de su cuerpo que estaba en el agua. Entonces vio una forma sencilla de calcular el volumen de la corona: sumergirla en un recipiente lleno de agua hasta el borde y medir el volumen de agua que desalojaba. Éste sería igual al volumen de la corona. Eufórico por el descubrimiento, Arquímedes corrió a la calle desnudo y gritando ¡Eureka!, que en griego significa ¡lo he encontrado! Arquímedes aplicó a la corona su principio, que dice que todo cuerpo sumergido en un líquido es empujado hacia arriba con una fuerza igual al peso del líquido que desaloja. El rey, tras saber que el volumen era considerablemente mayor que el que habría tenido la corona de oro puro, mandó ejecutar al orfebre deshonesto.

 

 

 

 

 

El saber no tiene precio

Unos 300 años antes de Cristo, Euclides (325-265a.C.) impartía clase de matemáticas en la ciudad de Alejandría. En cierta ocasión, un alumno le preguntó para qué servían aquellas demostraciones tan extensas y complejas. Con toda la calma del mundo, Euclides, dirigiéndose a uno de los estudiantes presentes, le pidió encarecidamente:

- Déle una moneda y que se marche. Lo que éste busca no es el saber, es otra cosa.

 

El fruto gravitacional

Cuentan diversos autores de manera más o menos imaginativa que un día, estando tumbado a la sombra de un árbol, el joven Sir Isaac Newton (1643-1727) vio caer una manzana. Fue entonces cuando le vino a la mente la noción de la gravitación. Sumido en un estado contemplativo, el físico de Woolsthorpe pensó para sí mismo lo siguiente: ¿Por qué la manzana debe siempre descender perpendicularmente a la tierra? ¿Por qué no va hacia un lado o hacia arriba, sino constantemente hacia el centro de la tierra?

Éstas y otras cuestiones similares le llevaron a pensar que la misma fuerza que atraía a los objetos hacia el suelo era la que mantenía la Luna ligada a nuestro planeta. De este modo, Newton formuló la ley de gravitación universal, que viene a decir que todos los cuerpos se atraen con una fuerza proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de su distancia. No obstante, el físico no propuso completamente esta ley hasta que publicó su prestigiosa Principia, en 1687, unos veinte años después del incidente con la manzana

 

 

 

¡Andá, los donuts!

El matemático y físico André Marie Ampère (1775-1836) acudió a una importante reunión de la academis de París en un carruaje cuando de vino a la mente una idea brillante. Inmediatamente la anotó en una varilla del vehículo: dH=ipdl/r2. Al llegar a su destino, pagó al cochero y se dirigió raudo hacia la Academia. Más tarde recordó que había olvidado la anotación en el carruaje. Terriblemente preocupado, Ampère recorrió las calles de París en busca del carruaje.

 

 

 

 

 

A la de tres, sonría

En 1822, el inventor francés Joseph N. Niepce (1765-1833) obtuvo la primera fotografía más o menos permanente utilizando como fijador de la imagen asfalto o betún de Judea. Paralelamente, su compatriota Louis Jacques Mandé Daguerre (1789-1851) había trabajado durante años en un sistema para lograr que la luz incidiera sobre una suspensión de sales de plata, de modo que la oscureciera selectivamente y produjera un duplicado de alguna escena. Probó muchas maneras para intensificar la calidad de la imagen, pero con poco éxito. Un día guardó en un armario donde había diferentes productos una placa expuesta en la que sólo había una débil imagen y que intentó lavar y usar de nuevo. Después de un tiempo, el artista galo sacó la placa y se encontró la sorpresa de que en su superficie había una imagen muy nítida. Daguerre concluyó que el milagro era obra de alguno de los productos del armario. Probó uno tras otro, hasta que dio en uno de los estantes con unas gotas de mercurio procedentes de un termómetro que se había roto. Así dedujo que el artífice de la imagen era el vapor de este metal.

 

 

 

Problema de vida o muerte

En el transcurso de la revolución rusa, el matemático Igor Y. Tamm (1895-1971), premio Nobel en 1958, fue apresado por un grupo anticomunista que creyó que era un agitador comunista. Durante el interrogatorio, el jefe anticomunista le preguntó por su profesión y Tamm contestó que era matemático. “Esta bien” dijo el jefe mientras se ajustaba la cartuchera. Y añadió: “Determina el error que se produce cuando la aproximación mediante series de Taylor a una función se trunca a partir del término n-ésimo. Si lo haces correctamente te dejaremos en libertad; si fallas, te fusilamos. “Con pulso tembloroso, Tamm garabateó en el suelo las ecuaciones hasta dar con la solución. El jefe guerrillero le dejó marchar.

 

 

 

La bella y la bestia

En una de las ocasiones que coincidieron Marilyn Monroe (1926-1962) y Albert Einstein(1879-1955), la actriz se dirigió al físico y le propuso jocosamente: “¿No opina, profesor, que deberíamos tener un hijo juntos; así el niño tendría mi apariencia y su inteligencia?”. A lo que Einstein respondió: “Lo que me preocupa, querida señorita, es que el experimento ocurra al revés”.

 

Donde las dan, las toman

En el siglo XIX, el fisiólogo Theodor von Bischoff (1807-1882) investigó sobre el peso de los cerebros humanos. Tras años de acumular datos observó que el peso medio del cerebro del hombre era 1350 gramos, mientras que el promedio para las mujeres era de 1250 gramos. Durante toda su vida se basó en este hecho para intentar presentar a la mujer como un ser de menores capacidades intelectuales que el hombre. A su muerte, Bischoff donó su propio cerebro a la ciencia. El análisis indicó que pesaba 1245 gramos.

El colmo de la distracción

Conocedora de su cabeza despistada, la mujer del matemático estadounidense Norbert Wiener (1894-1964) siempre recordaba a su esposo antes de ir al trabajo la inminente mudanza de casa: “Norbert, no olvides que dentro de treinta días nos cambiamos de casa y que, cuando salgas de la universidad, no tendrás que coger el mismo autobús, sino el que va a la zona de nuestra nueva residencia”. Wiener siempre respondía: “Sí, querida”. Y así llegó el día de la mudanza. El traslado se hizo mientras él estaba en la universidad. Como era de esperar, a la vuelta Norbert cogió el autobús de siempre. Al llegar a su antigua morada, recordó que ya no vivía en aquel lugar. Como no sabía ir desde allí a su nueva casa, cogió de nuevo el autobús que le llevaba todos los días a la universidad y esperó a que pasara el que se dirigía a su nuevo lugar de residencia. Al bajar, se encontró con un gran número de casas tan iguales que le era imposible reconocer la suya. Empezó  a dar vueltas y vueltas, hasta que, perdido y al borde del pánico, se acercó a una niña que iba por la calle y le dijo:

- Perdona, ¿no sabrás dónde viven los Wiener?

- Sí papá. ¡Venga, te llevo a casa!- replicó la niña

 

Un viaje alucinante

La dietilamida del ácido lisergénico o LSD es una estancia alucinógena descubierta por casualidad por Albert Hofmann (1906-2008), en 1938. Este químico suizo estaba estudiando el ácido lisergénico, sustancia producida por un hongo llamado cornezuelo del centeno, y otros compuestos relacionados con él, con la intención de encontrar un fármaco contra la migraña. En el laboratorio, acopló sintéticamente el grupo de la dietilamina al ácido lisergénico. Al nuevo compuesto lo bautizó como LSD 25. El 16 de Abril, se vio obligado a dejar el trabajo, debido a que experimentó unas sensaciones extrañas; al volver a casa se acostó y empezó a sentir unas alucinaciones extraordinarias. Al día siguiente despertó con sensación de fatiga, aunque, por lo demás, normal. Cuando volvió al laboratorio, consideró las sustancias que había sintetizado y llegó a la conclusión de que había absorbido a través de la piel una pequeña cantidad de LSD 25. Para confirmar su sospecha, tomó por vía bucal la que supuso dosis mínima, pues ignoró que era mil veces más potente que el mescal; es decir, ingirió una cantidad varias veces mayor que la máxima. Al poco tiempo, Hofmann experimentó intensas sensaciones de inquietud y desesperación, pérdida del tiempo y otras alteraciones que le aterraron.

 

 

Vacas, orejas y vírgenes

Esta historia ocurrió en una sesión de la Academia de las Ciencias rusa. El agrónomo Denisovich Lysenko (1898-1976), fundador del llamado darwinismo creativo, daba una conferencia sobre la herencia de los rasgos adquiridos. Al concluir, el físico Lev Landau (1908-1968) le preguntó:

- ¿Así pues, usted argumenta que si cortamos una oreja a una vaca, a su descendencia y así sucesivamente, tarde o temprano, nacerán vacas desorejadas?

- Sí, es correcto.

- Entonces señor Lysenko, ¿cómo me explica que sigan naciendo las mujeres vírgenes?

La química juega al corro de la patata

El químico alemán Friedrich August Kekulé (1829-1896) invirtió varios años de su vida en determinar la estructura atómica del benceno. Ninguna disposición propuesta por sus colegas parecía explicar las propiedades del también llamado bicarburato de hidrógeno. En 1865, Kekulé viajaba en un carruaje y comenzó a dormitar. En sus sueños, vio átomos de carbono girando en una danza; de pronto, el extremo finadle una cadena se abrazó con el extremo inicial y formó un anillo giratorio. De este modo, el alemán se despertó con el anillo bencénico completamente dibujado en su mente.

 

 

Hijos de la putrefacción

En cierta ocasión, Paracelso, el gran  médico del siglo XVI y uno de los últimos alquimistas, describió una receta para fabricar un ser humano distinta al proceso natural:

“Se deja pudrir el esperma de un hombre en un recipiente durante cuatro días o hasta que, al final, comience a vivir, moverse y fijarse. Pasado este tiempo, se parece, hasta cierto punto, a una criatura humana; pero aún es traslúcida y carente de cuerpo. Tras este tiempo, se nutre a diario y se alimenta cautelosa y prudentemente con el arcano de la sangre humana y se mantiene durante 400 semanas con el calor continuo e igual de un vientre equino; entonces se transformará en un bebé verdadero y vivo, con todos los miembros de que está provisto el nacido de una mujer, pero mucho más pequeño. Se trata aquí del denominado homúnculo, que después debe criarse con el mayor cuidado y celo, hasta que se desarrolle y comience a adquirir inteligencia."

 

Trompetistas a todo tren

Sacar la ciencia a la calle. Esto es lo que hizo el físico austríaco Christian Johann Doppler (1803-1853) para estudiar el efecto que lleva su nombre. Éste se manifiesta por un cambio aparente en la frecuencia de una onda como resultado del movimiento relativo entre la fuente del sonido y el observador.

Para plantear una relación matemática, Doppler colocó a unos trompetistas en un vagón de tren y a músicos con un sentido del denominado oído absoluto cerca de las vías. Durante dos días, una locomotora arrastró el vagón hacia delante y hacia atrás a diferentes velocidades, mientras los viajeros hacían sonar las trompetas. Los músicos en tierra anotaban las notas que percibían según el tren se aproximaba y se alejaba. Así, las ecuaciones del efecto Doppler resultaron correctas.

 

 

Acerca de quedivertidaeslaciencia

La ciencia y sus anécdotas

Archivo

Suscríbete

RSS | Atom

Contacto

Contactar

Albergado en:blogspot.es

Noticias: Noticias

Contador gratis contadorplus.com